Mostrando entradas con la etiqueta coleccion de sueños. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta coleccion de sueños. Mostrar todas las entradas

miércoles, 11 de noviembre de 2009

Sueño VI: El Último

Soñé con ojos oscuros. Ojos de un joven. Ojos que se detenían en un fenómeno como dos perros guardianes que se giran para acechar. Las pupilas inmantaban la extrañeza de quién intenta comprender. Miraban al otro lado, al otro lado del parque. Entre malezas oscuras, unos perros lamían sin miedo la sal de un charco.

lunes, 11 de mayo de 2009

Sueño V

Estaba sentada en el sillón del comedor, me ponía de pie y salía a la calle. Algo extraño, presentía, iba a suceder. Me asomaba por la ventana del living, corría las cortinas y veía como unos nubarrones oscuros y densos pasaban a la altura de la casa. Me detenía a mirar uno en particular que se movía lento y muy cerca de la ventana; la nube parecía estar hecha de un fieltro negro con transparencias que por momentos reunían una forma y luego la perdían; por un momento se formó la imagen de una vaca con ojos grandes que se dibujó claramente con sus manchas blancas y negras en el lomo. El interior de estas nubes estaba hecho de un revuelto movimiento. Luego, salía a la calle y me paraba cerca de la vía a mirar el descampado que une Tapiales con Aldo Bonzi*. Mi hermana menor me alertaba de algo, me giraba a mirarla, volvía luego la vista hacia el descampado, hacia las vías, y veía una multitud, un ejército que se acercaba lento hacia mí. Si bien estaban lejos podía distinguir las caras y los cuerpos, había un hombre extremadamente alto a quien el sol le hacía brillar las mejillas, junto a él caminaba una niña que tenía la cabeza alargada. Los cuerpos poseían una deformidad que se sentía acechante, miraban fijo en un acercamiento lento.


*De chiquita creía que los pinos al otro lado del descampado, que se veían desde casa, era Chile.

viernes, 23 de enero de 2009

Sueño IV

Soñé que tenía un moscardón en el corazón...

lunes, 22 de diciembre de 2008

Sueño III: Festín con animales

Estaba en un jardín junto a una vieja, sentadas en un tronco de árbol; ella sostenía en su falda a un cerdo enorme, terso, rosa y muerto. La vieja me hablaba, me contaba lo que ancestralmente significó el cerdo, un dios, “un dios rosa” con alas. Sacaba un cuchillo y tajaba la barriga del cerdo y me advertía con ojos oscuros: “al tajar el cerdo y comer lo que se encuentra en su estómago hay que tener cuidado porque puede emanar un hedor horrendo dependiendo de cuándo el animal ingirió el alimento.” Abría el estómago y este se veía dividido en diferentes recintos y sacaba de el una ristra de ajos lustrados por un brillo gris. Lo comíamos y cortaba otra parte del estómago que se mantenía asombrosamente seco, no sangraba. Luego la vieja dijo: “hay cuchillos ahí adentro también, claro…es que los cerdos…”. Luego, me ponía de pie, caminaba hacia un caserón y dentro había una pequeña laguna transparente donde veía moverse y saltar a una rana gorda grande, no era verde, era dorada y no tenía patas era como ver el icono de una rana; una amiga mía de la adolescencia la levantaba y me la acercaba a la frente. Yo escapaba y ella me corría riéndose con la rana en la mano…

domingo, 30 de noviembre de 2008

Sueño II: Sueño de infancia

En mi infancia los trenes tuvieron una gran importancia porque mi papá era ferroviario y amaba los trenes. Desde pequeña con mis papás y mis hermanas viajábamos a General Rodríguez a la casa de mis abuelos los fines de semana. Tomábamos tres trenes diferentes. El primero de la estación Agustín D' Elia a Haedo, de ahí otro hasta Moreno y el último de Moreno a General Rodríguez. Éste era el mejor, el más antiguo, como generalmente teníamos que esperar para tomarlo, veíamos el cambio de locomotora y papá nos relataba el evento con detalle.
Siendo muy chica tuve este sueño:
Era de noche y volvíamos de General Rodríguez yo estaba sentada junto a la ventana en los asientos de cuero marrón, hacía frío. El tren entraba en Tapiales por el lado del supermercado y llegaba a los monoblocs bajitos del Hogar obrero. (Recorrido imposible). De repente mi ventana se abría despidiéndome a mí lentamente como de una nave e iba a parar a unas vías más pequeñas donde me continuaba deslizando por el impulso de la locomotora en una especie de patineta de madera. De noche y sola me acercaba lentamente hacia los monoblocs por esa vía angosta.

miércoles, 12 de noviembre de 2008

Son las cinco de la mañana, la ventana está sobre mis pies reclamándome atención, intento hablar con ella, pedirle que me deje mirar un poco de la luna, que se ponga romántica y me dibuje en los pies con el color de la noche. Una comunión imposible, con la luna y con la noche, mi vigilia es mucho menos que la de un poeta o la de un borracho, mi vigilia es solo yo en el intento de reconciliar de nuevo el sueño, yo sola, encerrada en un cubo con una perforación en el techo para respirar.
El sueño empezó con la primera luz de la mañana, así me encontró la claridad escasa de los nortes: con una boca pegada a mi boca.
Pegajosa y fruncida, no me dejaba hablar, me arrebataba los dientes, me masticaba la lengua, gritaba de hambre, ordenaba un licor “spirituose”. Caprichosa, adherida a mi cara como una sanguijuela, se extendía a lo ancho en su intento de usurparme toda la cara, resistiendo a mí forcejeo desesperado con la consistencia de una gelatina. ¡Quítenmela! Grité varias veces, pero el aire me quedaba corto, y la lengua no respondía a mi voluntad. Hasta que las palabras me eran imposibles de mencionar, mi boca ya no era mía.
Desperté con los labios anestesiados, recordando ese olor nauseabundo del consultorio del dentista.